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UN FASCISTA ENTRE NOSOTROS
Gustavo Gorriti
Perú 21 - Lima
Una democracia debate de una manera los asuntos públicos. Una dictadura lo hace en forma por completo diferente. ¿En qué consiste la diferencia? En el manejo de la verdad. La sociedad libre utiliza la deliberación y el debate entre ideas y opiniones diferentes como mecanismo de gobierno. Y además como forma de conocimiento, sin el cual el debate se hace vacío y sufre la democracia. Para ella, la búsqueda plural y libre de la verdad es no solo un derecho, sino una necesidad.
Para una dictadura, en cambio, la verdad es peligrosa. No solo porque hay mucho que ocultar (lo cual suele ser siempre el caso) sino porque su misma definición supone una diferencia cualitativa entre gobernante y gobernados.
La verdad es patrimonio de aquél, no de estos. Se hace hermética, esotérica.
Se la identifica prontamente con graves asuntos de Estado y de seguridad nacional. Para los demás, queda la versión censurada, la propaganda.
Eso no quiere decir que en una democracia no se mienta, ni que no haya a veces ventanas de transparencia (ojos de buey más bien) en una dictadura.
Pero en la primera, la mentira supone un riesgo y en la segunda, la verdad es una excepción. Para negar o dosificar la verdad, es necesario controlar las mentes de los gobernados (o de los partidarios, cuando no se ha conquistado o se ha perdido el gobierno).
Por eso, no es casual que hayan sido los movimientos totalitarios del siglo pasado, el nazifascismo y el comunismo, los que más desarrollaron el arte de la propaganda y el de la agitación pública. El agit-prop nazi-fascista y el comunista tuvieron un punto central en común y algunas diferencias metodológicas importantes. En sus volúmenes autobiográficos, "El destierro" y "La escritura invisible", Arthur Koestler relata la guerra aparte que libraron Goebbels y Willy Muenzenberg, los jerarcas de la propaganda nazi y comunista, cuyos decisivos campos de batalla fueron la mente de los hombres y el alma de los pueblos.
Hubo, hay que decirlo, muchísimo talento empeñado en la conducción de esa guerra –sobre todo por parte de Muenzenberg, quien moriría (destino común a tantos comunistas) asesinado en 1940 por agentes de Stalin–, pero si algo unió a ambos contendientes fue el desprecio compartido por la verdad. La propaganda, cuando es inteligente y tiene la ayuda eventual de la intimidación o la violencia, es muy poderosa. No solo pueblos enteros sucumbieron a ella sino también muchas de las más brillantes inteligencias, los más descollantes talentos que produjo el siglo XX. No fueron muchos los intelectuales que mantuvieron el espíritu crítico, la vigorosa capacidad de escrutinio capaces de resistir la combinación de atracción e intimidación que ambos sistemas suponían.
La intimidación implícita es un rasgo central de la propaganda totalitaria o autoritaria. Desacreditar o descalificar al enemigo mediante la repetición de acusaciones basadas en medias verdades, a veces, y en mentiras enteras, otras, es uno de sus recursos más temidos. La desinformación, elevada a la categoría de arte por los agit-propers nazi-fascistas y comunistas,(que consiste esencialmente en filtrar falsedades disfrazadas como verdad en medios acreditados, para propalarlas con estridencia luego, como si se tratara de un hecho verdadero), ha continuado usándose después de la caída de ambos totalitarismos, sobre todo a través de sus practicantes epigonales.
Lo anterior tiene que ver con lo actual en lo siguiente: los arteros ataques contra la Comisión de la Verdad, cotidianamente perpetrados por el patético dúo Rey-Barba, han concitado hasta ahora mayor atención sobre el prescindible Barba que sobre Rey. Pero debe también preguntarse: ¿Por qué Rey ataca con celo derviche a la CVR, similar en métodos e intensidad fanática a los que usa a su turno Sendero Luminoso contra el mismo objetivo?
El mismo Rey dio la respuesta el domingo pasado en un artículo publicado en el diario de la mafia. Ahí, Rey transcribe admirativamente el discurso del almirante Emilio Massera, en el juicio que se le siguió por monstruoso violador de los derechos humanos, perpetrador de la guerra sucia argentina y, además, criminal común. El credo contrainsurgente y, por inevitable extensión, el político de Rafael Rey quedó declarado ahí.
Es el credo de un epígono del fascismo, de un enemigo de la democracia, que al atacarla utiliza, como es natural, las armas de agitación y propaganda que el nazi-fascismo en su momento refinó. Rafael Rey pertenece al Opus Dei, cuya cercanía y colaboración con el franquismo (esa forma deslavada y oportunista de fascismo) está bien documentada, así como su simpatía y colaboración con dictaduras anti-comunistas, como la de Pinochet por ejemplo, soslayando y, dado el caso, encubriendo sus crímenes. Si hay órdenes católicas que pueden haber pecado de excesiva simpatía hacia la izquierda violenta, el Opus Dei se ha encontrado frecuentemente al pie de las dictaduras de derecha.
No toda la gente del Opus Dei tiene, sin embargo, el militante fanatismo de guerra santa y de desprecio por la democracia que Rey revela. Su confesa admiración por los peores perpetradores de la guerra sucia argentina es la revelación que faltaba. Porque los militares argentinos adaptaron a su contexto, exagerándolas, las versiones más extremas de la doctrina francesa de la guerre révolutionnaire, que tan dañina influencia (por su esencia anti-democrática) tuvo sobre la propia Francia, sobre las fuerzas armadas latinoamericanas y sobre las gringas también. A ese extremismo, los militares argentinos añadieron la influencia doméstica de rábidos anti-semitas y de fascistas católicos como el cura Julio Meinvielle y Bruno Genta. No fue casualidad que en regímenes auspiciados por los militares argentinos, como en el de García Meza en Bolivia, trabajaran nazis fugitivos como Klaus Barbie y terroristas neo-fascistas italianos como Stefano Delle Chiaie y Pier Luigi Paglai.
Entonces, Rey es un fascista. No lo digo como epíteto, sino como descripción. Es un enemigo de la democracia y de sus valores y utiliza sus mecanismos para subvertirla. Fue fervoroso partidario del dictador Fujimori, pero seguramente se hubiera sentido más contento calzándole las botas a Massera.
Una de las debilidades de la democracia es que, cuando es débil y medio tonta como la nuestra, cría a sus propios cuervos. Habría que sugerirle a los partidos democráticos, y sobre todo al PPC, que ya que escuchan los graznidos, se vayan poniendo lentes de protección.
P.S.: A quien le interesen las raíces y la evolución doctrinaria aparejada a la guerra sucia en Argentina, recomiendo el libro de Donald C.Hodges:
"Argentina's Dirty War: An Intellectual Biography" (Austin, University of Texas Press, 1991). No está traducido al español.
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Gentileza:: Ricardo Alvarado rialpo@viabcp.com
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