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Las misiones de Negroponte
por Marina
Menéndez Quintero
Las protestas siguieron tras él
después que el canciller Nicolás
Maduro lo puso en su lugar, en
respuesta a las manipulaciones
que vertió en los corrillos de
la XXXVIII Asamblea General de
la OEA, y que adelantaron el
sino de la misión de John
Negroponte en su sucesiva gira
por Centroamérica.
Si, en la Asamblea General,
volvió a ser la voz discordante
que otra vez trató de imponer el
punto del «terrorismo» a la
usanza Bush, insistiendo en
acusatorios vínculos con las
FARC que siguen avisando
cualquier acción artera contra
Venezuela, Negroponte
enarbolaría el mismo discurso
falaz del «terrorismo», pero al
revés, durante el periplo que lo
llevó de inmediato a El
Salvador, Honduras y Guatemala.
Aprovechando el caldo de cultivo
de una violencia cierta y dejada
allí por las propias políticas
estadounidenses, el
Subsecretario norteamericano de
Estado fue a promover una
«cooperación» en el
enfrentamiento al crimen
organizado y otros flagelos, que
solo pretende que Centroamérica
le abra a Estados Unidos, aún
más, las puertas...
Con un antimperialismo en el sur
que no es total y absoluto pero
tiene hoy solidez inédita, la
región centroamericana,
—descontando al revolucionario
gobierno de Ortega en Nicaragua—
es la zona más vulnerable por
dependiente, y casi la única que
queda a Washington para hallar
sostenes en América Latina...
amén de otros aliados.
Los acontecimientos tienen lugar
cuando el relanzamiento de la IV
Flota de Estados Unidos en
Latinoamérica, la
intensificación de ejercicios
conjuntos y la proliferación de
las bases militares yanquis,
advierten que la Casa Blanca no
se queda de brazos cruzados ante
los nuevos tintes que pintan a
la región...
Por eso no sorprendió que un
personaje como Negroponte
tuviera encomios para el sucesor
de Francisco Flores en El
Salvador, Tony Saca, a quien
manifestó el beneplácito de
Washington por considerar a esa
nación —como a Colombia, según
ratificó Negroponte, antes, en
Medellín—, un cercano
colaborador. Y porque gracias a
esa cercanía, El Salvador
también tiene la dicha de que
EE.UU. sí considere que su
gobierno realiza un desempeño
eficaz en el combate al
narcotráfico y al terrorismo.
Avanzada de lo que Washington
quiere extender por
Centroamérica podría ser el
denominado Centro de Monitoreo
yanqui que sale a la luz
internacional con esta visita,
elogiado igualmente por
Negroponte y que, según los
reportes, funciona al sur de San
Salvador con el objetivo de
controlar el tráfico de
estupefacientes. Pero nadie sabe
a ciencia cierta cuántas cosas
vigila. Por lo pronto, el
Subsecretario norteamericano de
Estado lo calificó de «muy
importante».
Y la conclusión no podía dejar
mejores augurios para una
relación tan estrecha, al menos
según las declaraciones a la
prensa del presidente Saca:
«Compartimos los valores de la
democracia, valores por la lucha
de la libertad por el mundo;
compartimos también la lucha
contra el terrorismo, en la que
siempre nos hemos asociado»,
aseguró.
Explícita en los reportes de
algunas de las entrevistas
sostenidas durante el periplo,
aunque en otras no, todos dicen
que la denominada Iniciativa
Mérida —acordada por W. Bush y
el ex presidente Vicente Fox
para que Estados Unidos ayude a
México frente a la penetración
del narcotráfico— estaba en el
tintero de la gira, y hasta se
adelantó que era previsible su
extensión...
Sin embargo, las maneras burdas
con que la Casa Blanca, pese a
estar advertida, trata a sus
vecinos, le siguen haciendo
daño.
Casi paralelamente con el viaje
de Negroponte, despachos
fechados en México daban a
conocer la inconformidad de las
autoridades de esa nación por
las condiciones vergonzantes que
EE.UU. quiere imponerle, a
cambio de los 350 millones de
dólares que comprendería el
plan. Entre los requisitos
figura la adopción por México de
medidas legales y judiciales que
serían ¡verificadas por la
embajada de Estados Unidos!
El secretario de Seguridad
Pública, Genaro García, dijo que
su país no necesitaba fondos de
esa manera, y calificó de
inaceptables los
condicionamientos.
Negroponte, en un campamento
militar en Honduras, en abril de
1984.
De guerras no declaradas y
terrorismo de estado Los más de
20 años transcurridos desde que
Negroponte se hizo famoso como
pilar de la guerra sucia de
Ronald Reagan contra el
sandinismo —y, de paso, contra
el auge revolucionario que
experimentaba el istmo en
aquellos años 80—, resultaban un
aval suficiente para el repudio.
De ahí, la reacción adversa que
suscitó su vuelta. Sobre todo,
en Honduras, donde Negroponte
fue embajador en esa época
sangrienta, marcada por una
contrainsurgencia para la
"pacificación" que abonó el
dinero sucio de Estados Unidos,
y para la cual se tejieron redes
de manejos turbios como el
llamado Iran-contra: la venta
ilegal de armas a Irán para
sufragar los millonarios gastos
de la contra que estaba
desangrando a los nicaragüenses,
y desbrozando la derrota en las
urnas del sandinismo...
Promotor de la violencia y el
terror que ahora Bush dice que
enfrenta, Washington también
impulsó entonces la formación de
los grupos paramilitares
bautizados como escuadrones de
la muerte, autores de masacres
que dejaron decenas de miles de
desaparecidos en El Salvador y
en Guatemala, en el afán de
aterrorizar, minando la
potencial base social de la
guerrilla.
Menos conocidas son las matanzas
que, al son de la batuta de
Negroponte y otros halcones de
su corte, tuvieron lugar también
en Honduras, como se ha revelado
después, con el hallazgo de
cadáveres de decenas de
desaparecidos en los terrenos de
aeropuertos militares que
entonces sirvieron como base a
los aviones de la contra y de
Estados Unidos.
Por eso fue recibido allí con
una manifestación convocada por
el Comité de Familiares de
Detenidos y Desaparecidos de
Honduras.
«Me siento indignada cuando se
está recibiendo a un terrorista,
a un fascista, a un responsable
de tantas desapariciones, no
solamente en Honduras sino a
nivel de Latinoamérica», comentó
Noemí Pérez, cuyo hermano
desapareció el 24 de enero de
1982, según un reporte del
corresponsal sueco Dick
Emanuelson.
En todo caso, las circunstancias
imponen ahora que Negroponte
tenga un desempeño, aunque sea
en apariencias, más moderado.
Certificar en la OEA Sin
embargo, en sus manos está la
batuta de EE.UU. para imponer en
Latinoamérica la descarada
cruzada antiterrorista de Bush.
Y quieren hacerlo, claro está,
mediante la OEA, a tenor de la
Doctrina yanqui de Guerra
Preventiva.
Recordemos que en la reunión
Ministerial de marzo que
analizó, de urgencia, el casi
cisma creado luego del operativo
colombiano contra un campamento
de las FARC en Sucumbíos,
Ecuador, Negroponte fue el único
que se abstuvo cuando la
Declaración final de la cita se
sometió a la consideración del
plenario.
Según reza en la Reserva donde
el Subsecretario de Estado dejó
constancia de su inconformidad
con el numeral 4 del texto, su
interés era que se reconociera
la incursión de Colombia en
territorio ecuatoriano como un
acto de «autodefensa».
Más allá del diferendo dramático
entre dos naciones vecinas, lo
cierto es que el propósito de
Estados Unidos rebasa los
compromisos con los aliados que
lo situaría al lado de uno u
otro contendiente.
El propósito es cambiar el
concepto de soberanía que
refrenda la invulnerabilidad de
las fronteras... si lo que está
en juego es la «legítima
defensa» que representaría,
según Estados Unidos, la lucha
contra el terror.
En ese marco, las falsas
acusaciones que intentan
presentar a Venezuela como
colaboradora de las guerrilleras
FARC de Colombia —tildadas ya de
terroristas—, son doblemente
preocupantes, así como el deseo
de Estados Unidos de certificar
que «todo vale» y es legítima
defensa, si se trata de
perseguir el terrorismo.
Ahí estriba la importancia de la
denuncia de Maduro, esta semana,
en la Asamblea General de la OEA
en Medellín, cuando advirtió el
deseo de Washington de dividir a
Latinoamérica, indisponiendo a
países hermanos.
Por un lado, porque cualquiera
que reciba el calificativo ya
puede ser blanco «justificado»
de la cruzada de Bush y, como
alertó el Canciller, «se está
abriendo un expediente contra
Chávez». Por el otro, porque
EE.UU. quiere que la OEA
certifique y asuma esa Doctrina,
y acepte que las fronteras
pueden ser violadas si se trata
de enfrentar el terror...
Sería un nefasto precedente que
legalizaría la intervención
armada y la injerencia. Esa es
la misión, hoy, de John
Negroponte.
. . . . .
El prontuario criminal que
denunció Maduro
Desde diversos cargos
diplomáticos, John Negroponte ha
trabajado para la Agencia
Central de Inteligencia durante
muchos años. Su primera misión
fue en Vietnam, donde estuvo a
cargo de la Operación Fénix,
antecedente de la tenebrosa
Operación Cóndor. Fue embajador
en Honduras entre 1981 y 1985, y
durante ese período fundó la
base de El Aguacate,
emplazamiento importante de la
guerra sucia que sirvió de
enclave de entrenamiento a la
contra y —se ha sabido después—
fue centro de detención y
torturas, con la cooperación de
la CIA y de militares
argentinos. Analistas ubican
estos hechos como parte de
Cóndor, y señalan a Negroponte
como coordinador principal de la
formación de los mercenarios
contra la Nicaragua sandinista,
además de su participación, con
el ex secretario de Estado Henry
Kissinger, en la represión en
Chile. También se afirma que,
con la ayuda de la CIA,
contribuyó a crear en Honduras
el Batallón 316, que secuestró y
exterminó a cientos de
centroamericanos. La ayuda
militar norteamericana a
Honduras aumentó en ese período
de cuatro millones a 77 millones
de dólares anuales. W. Bush lo
nombró embajador ante la ONU
después de los atentados del 11
de septiembre y el lanzamiento
de su falsa cruzada contra el
terrorismo, y luego lo envió al
frente de la legación
diplomática de EE.UU. en el
ocupado Iraq.
mmenendez@jrebelde.cip.cu
http://www.juventudrebelde.cu/opinion/2008-06-08/las-misiones-de-negroponte/.
Revista Koeyú Latinoamericano
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