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Obama tropieza en Guantánamo
por
Alberto Piris
El cierre definitivo de la
prisión militar de Guantánamo es
ahora, sin duda alguna, uno de
los puntos turbios de la
política exterior de Obama. Fue
una de sus más brillantes
promesas electorales pero
todavía no ha podido ser
cumplida y es la muestra más
evidente de que el idealismo
generoso de un renovador
programa de gobierno,
ilusionadamente presentado
durante la campaña electoral,
puede naufragar en contacto con
la realidad.
Dos son, por lo menos, las
explicaciones que pueden
adelantarse para entender lo
ocurrido. O bien Obama no sabía
con precisión lo que se tenía
entre manos al tocar el avispero
guantanamero, o bien lo sabía
pero no había valorado
acertadamente las resistencias
que su promesa iba a encontrar
en influyentes sectores
sociales.
Karen Greenberg es la autora de
"El lugar menos malo: los
primeros 100 días de Guantánamo"
(The Least Worst Place:
Guantanamo's First 100 Days),
publicado el pasado año por
Oxford University Press. Es
también la directora del Centro
sobre Ley y Seguridad de la
Facultad de Derecho de la
Universidad de Nueva York. Ha
analizado muchos aspectos de la
"guerra contra el terror" que
Bush desencadenó a finales del
2001, cuando se hizo popular
entre la elite gobernante la
frase de que "hay que quitarse
los guantes" para trabajar sin
escrúpulos legales contra el
terror universal.
Fue Greenberg quien, cuando los
ojos del mundo descubrían
estupefactos la existencia de la
prisión de Guantánamo, puso el
dedo en la llaga al denominar
"la prisión perdida" a la base
militar estadounidense de Bagram,
en Afganistán, donde se
iniciaron las reprobables
prácticas de tortura,
desaparición de prisioneros y
otras sevicios, que luego se
ampliaron y multiplicaron en
Guantánamo.
Greenberg comenta ahora unas
preocupantes noticias sobre lo
que seguirá al cierre definitivo
de Guantánamo -cuando éste se
produzca- si las informaciones
publicadas en la prensa de EE.UU.
son ciertas. El Guantánamo
original, el cubano, el que ha
socavado la reputación
internacional de EE.UU. como
violador de principios
fundamentales del derecho
internacional (sin olvidar Abu
Ghraib, en Iraq, y otras
mazmorras de menor renombre)
será sustituido por "dos
guantánamos". Por una parte, se
anuncia que la ya citada prisión
de Bagram verá ampliadas sus
funciones, incluyendo los
interrogatorios y la detención
indefinida de los nuevos
prisioneros de esa guerra contra
el terror que, aunque
aparentemente olvidada en el
vocabulario de Obama, sigue
siendo una realidad bajo su
mandato.
Por otro lado, tras la
liquidación por derribo de la
prisión de Guantánamo, algunos
de sus actuales huéspedes serán
repatriados a los países de
origen o a otros que los acepten
como exiliados (incluida España,
por lo que se sabe hasta ahora);
otros cuarenta serán juzgados y
probablemente condenados en
tribunales civiles o militares
de EE.UU. Quedará medio centenar
sobre los que no hay pruebas
condenatorias pero a quienes el
Gobierno considera un peligro
para EE.UU., y cuyo futuro legal
es sombrío pues su situación no
tiene encaje en el sistema
jurídico federal. Todos éstos
tienen en su mayoría
antecedentes yihadistas y es
obligado pensar que, tras su
larga detención ilegal, su
extremismo se habrá agudizado.
Si antes no lo fueron, ahora son
vistos como peligrosos
terroristas en potencia.
Son estos últimos los que, al
parecer, van a ser enviados a
una prisión especial en el
territorio de EE.UU. Esto ha
encontrado fuerte oposición en
algunos sectores políticos, que
consideran poco atractiva la
idea de encerrar en una prisión
civil (en un pequeño pueblo de
Illinois) a presuntos
terroristas detenidos que no son
acusados de nada ni van a ser
juzgados, y a otros que, incluso
habiendo sido declarados
inocentes, siguen privados de
libertad porque las pruebas
obtenidas bajo tortura no pueden
ser aceptadas por ningún jurado
o tribunal.
Se va a crear así una situación
peligrosamente ambigua, que solo
podría concluir con el triunfo
final en la guerra contra el
terror y la desaparición de la
amenaza terrorista global, cosas
ambas inimaginables en un futuro
inmediato. Además, la cárcel
civil, heredera de Guantánamo,
se convertiría en un objetivo
que atraería la atención de Al
Qaeda y de otras organizaciones
terroristas, a menos que se
fortificara como una base
militar, generando así una
situación peor que la anterior,
lo que Obama no desea de ningún
modo perpetuar.
Karen Greenberg es clara en sus
conclusiones: "Cerrar Guantánamo
no significa solo vaciar sus
celdas y tirar las llaves.
Significa poner fin a la
política que se ha hecho
sinónima de Guantánamo: el
encarcelamiento de personas sin
probar su culpabilidad y sin un
proceso claro y reconocido para
establecer las causas de su
detención". Esto solo se
alcanzará si se abandona
definitivamente el recurso a las
detenciones preventivas fuera de
la Ley y si se confía plenamente
en los servicios de inteligencia
y en el sistema judicial para
identificar a los enemigos,
apresar a los que sea posible y
aplicar al pie de la letra la
legislación sobre prisioneros de
guerra.
Ya que es imposible alcanzar la
seguridad absoluta y hemos de
convivir con una inevitable
inseguridad, que al menos no se
deterioren irreparablemente
nuestros más esenciales
principios cívicos y morales.
Fuente:
Rebelión
http://listas2.cult.cu/sympa/info/entorno
Cubarte, 2008.
Gentileza:: Pica
[pica@cubarte.cult.cu]
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