|
Las revoluciones contra las
vanguardias
por Raúl
Zibechi
Las potentes movilizaciones
que atraviesan el mundo están
desbordando tanto democracias
como dictaduras, regímenes
nacidos de elecciones y de
golpes de Estado, gobiernos del
primer y del tercer mundo. No
sólo eso. Desbordan los muros de
contención de los partidos
socialdemócratas y de izquierda,
en sus más diversas variantes.
Desbordan también los saberes
acumulados por las prácticas
emancipatorias en más de un
siglo, por lo menos desde la
Comuna de París.
Naturalmente, esto produce
desconcierto y desconfianza
entre las viejas guardias
revolucionarias, que reclaman
organización más sólida, un
programa con objetivos
alcanzables y caminos para
conseguirlos. En suma, una
estrategia y una táctica que
pavimenten la unidad de
movimientos que estarían
condenados al fracaso si
persisten en su dispersión e
improvisación actuales. Lo dicen
a menudo personas que participan
en los movimientos y quienes se
felicitan de su existencia, pero
que no aceptan que puedan
marchar por sí mismos sin mediar
intervenciones que establezcan
cierta orientación y dirección.
Los movimientos en curso
cuestionan de raíz la idea de
vanguardia, de que es necesaria
una organización de
especialistas en pensar,
planificar y dirigir al
movimiento. Esta idea nació,
como nos enseña Georges Haupt en
La Comuna como símbolo y como
ejemplo (Siglo XXI, 1986), con
el fracaso de la Comuna. La
lectura que hizo una parte
sustancial del campo
revolucionario fue que la
experiencia parisina fracasó por
la inexistencia de una
dirección: Fue la falta de
centralización y de autoridad lo
que costó la vida a la Comuna de
París, dijo Engels a Bakunin. Lo
que en aquel momento era
acertado.
Haupt sostiene que del fracaso
de la Comuna surgen nuevos temas
en el movimiento socialista: el
partido y la toma del poder
estatal. En la socialdemocracia
alemana, el principal partido
obrero de la época, se abre paso
la idea de que la Comuna de 1871
era un modelo a rechazar, como
escribió Bebel pocos años
después. La siguiente oleada de
revoluciones obreras, que tuvo
su punto alto en la revolución
rusa de 1917, estuvo marcada a
fuego por una teoría de la
revolución que había hecho de la
organización jerárquica y de
especialistas su eje y centro.
En el último medio siglo han
sucedido dos nuevas oleadas de
los de abajo: las revoluciones
de 1968 y las actuales, que
probablemente tengan su punto de
arranque en los movimientos
latinoamericanos contra el
neoliberalismo de la década de
1990. En este medio siglo han
sucedido, insertos en ambas
oleadas, algunos hechos que
modifican de raíz aquellos
principios: el fracaso del
socialismo soviético, la
descolonización del tercer mundo
y, sobre todo, las revueltas de
las mujeres, de los jóvenes y de
los obreros. Los tres procesos
son tan recientes que muchas
veces no reparamos en la
profundidad de los cambios que
encarnan.
Las mujeres hicieron entrar en
crisis el patriarcado, lo que no
quiere decir que haya
desaparecido, agrietando uno de
los núcleos de la dominación.
Los jóvenes han desbordado la
cultura autoritaria. Los
obreros, y las obreras,
desarticularon el fordismo. Es
evidente que los tres
movimientos pertenecen a un
mismo proceso que podemos
resumir en crisis de la
autoridad: del macho, del
jerarca y del capataz. En su
lugar se instaló un gran
desorden que fuerza a los
dominadores a encontrar nuevas
formas para disciplinar a los de
abajo, para imponer un orden
cada vez más efímero y menos
legítimo, ya que a menudo es
simple violencia: machista,
estatal, desde arriba.
En paralelo, los de abajo se han
apropiado de saberes que antes
les eran negados, desde el
dominio de la escritura hasta
las modernas tecnologías de la
comunicación. Lo más importante,
empero, es que aprendieron dos
hechos enlazados: cómo actúa la
dominación y cómo hacer para
desarticularla o, cuando menos,
neutralizarla. Un siglo atrás
eran una exigua minoría los
obreros que dominaban tales
artes. Las rebeliones, como la
que comandó la Comuna, eran
fruto de brechas que otros
abrían en los muros de
dominación. Ahora los de abajo
aprendimos a abrir grietas por
nosotros mismos, sin depender de
la sacrosanta coyuntura
revolucionaria, cuyo
conocimiento era obra de
especialistas que dominaban
ciertos saberes abstractos.
En algunas regiones del mundo
pobre se produjo la recuperación
de saberes ancestrales de los de
abajo que habían sido aplastados
por el progreso y la modernidad.
En este proceso los pueblos
indios juegan un papel decisivo,
al darle nueva vida a un
conjunto de saberes vinculados a
la curación, el aprendizaje, la
relación con el entorno y
también la defensa de las
comunidades, o sea la guerra.
Ahí están los zapatistas, pero
también las comunidades de Bagua,
en la selva peruana, y un sinfín
de experiencias que muestran que
aquellos saberes son válidos
para estas resistencias.
Este conjunto de aprendizajes y
nuevas capacidades adquiridas en
la resistencia ha tornado
inservible y poco operativa la
existencia de vanguardias, esos
grupos que tienen vocación de
mandar porque creen saber lo que
es mejor para los demás. Ahora,
pueblos enteros saben cómo
conducirse a sí mismos, con base
en el mandar obedeciendo, pero
también inspirados por otros
principios que hemos podido
escuchar y practicar estos años:
caminar al paso del más lento,
entre todos lo sabemos todo y
preguntando caminamos.
Lo anterior no quiere decir que
ya no sea necesario organizarnos
en colectivos militantes. Sin
este tipo de organizaciones y
grupos, integrados por
activistas o como quiera
llamarse a las personas que
dedicamos nuestras mejores
energías a cambiar el mundo, ese
cambio no llegaría jamás, porque
no cae nunca del cielo, ni es
regalo de caudillos y estadistas
esclarecidos. Las revoluciones
que estamos viviendo son fruto
de esas múltiples energías. Las
detonamos entre muchos y muchas.
Pero una vez puestas en marcha,
la pretensión de dirigirlas a
puro mando suele producir
resultados opuestos a los
deseados.
Fuente: La Jornada (México)
Gentileza:: Resumen
Latinoamericano
[resumen@nodo50.org]
paginadigital |