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¿Qué nos depara el 2011?
Joseph
Stiglitz
La economía global termina
el 2010 más dividida que a
comienzos del año. Por un lado,
los países con mercados
emergentes como India, China y
las economías del Sudeste
Asiático están experimentando un
crecimiento fuerte. Por otro
lado, Europa y Estados Unidos
afrontan un estancamiento –de
hecho, un malestar al estilo
japonés– y un desempleo
tenazmente altos. El problema en
los países avanzados no es una
recuperación sin empleo, sino
una recuperación anémica. O
peor, la posibilidad de una
recesión de doble caída.
Este mundo de dos pistas plantea
algunos riesgos inusuales.
Mientras que la producción
económica de Asia es demasiado
pequeña para impulsar el
crecimiento en el resto del
mundo, puede bastar para hacer
subir los precios de las
materias primas.
Mientras tanto, los esfuerzos de
parte de Estados Unidos por
estimular su economía a través
de la política de "alivio
cuantitativo" pueden fracasar.
Después de todo, en los mercados
financieros globalizados, el
dinero busca las mejores
perspectivas en todo el mundo, y
estas perspectivas están en
Asia, no en Estados Unidos. De
manera que el dinero no irá
adonde se lo necesita, y gran
parte de ese dinero terminará
donde no se lo quiere, causando
mayores incrementos en los
precios de los activos y las
materias primas, especialmente
en los mercados emergentes.
Dados los altos niveles de
desempleo en Europa y en Estados
Unidos, es poco probable que el
"alivio cuantitativo" suponga un
brote de inflación. Podría, en
cambio, aumentar las ansiedades
sobre la futura inflación,
derivando en tasas de interés
más altas a largo plazo,
precisamente lo contrario del
objetivo de la Reserva Federal.
Este no es el único riesgo de
impacto negativo, ni siquiera el
más importante, que afronta la
economía global. La mayor
amenaza surge de la ola de
austeridad que arrasa al mundo,
mientras los gobiernos,
particularmente en Europa,
afrontan los grandes déficits
originados por la Gran Recesión
y mientras la ansiedad sobre la
capacidad de algunos países para
cumplir con sus pagos de la
deuda contribuye a la
inestabilidad de los mercados
financieros.
El resultado de una
consolidación fiscal prematura
está casi anunciado: el
crecimiento se desacelerará, los
ingresos impositivos disminuirán
y la reducción de los déficits
será decepcionante. Y, en
nuestro mundo globalmente
integrado, la desaceleración en
Europa exacerbará la
desaceleración en Estados
Unidos, y viceversa.
En una situación en la que
Estados Unidos puede pedir
prestado a tipos de interés
bajos sin precedentes, y frente
a la promesa de altos beneficios
por las inversiones públicas
después de una década de
negligencia, resulta claro lo
que se debería hacer. Un
programa de inversión pública a
gran escala estimularía el
empleo a corto plazo, y el
crecimiento a largo plazo, lo
que al final redundaría en una
deuda nacional menor. Pero los
mercados financieros demostraron
su miopía en los años que
precedieron a la crisis, y lo
están volviendo a hacer, al
ejercer presión para que se
realicen recortes del gasto,
incluso si eso implica reducir
marcadamente las inversiones
públicas necesarias.
Es más, el atasco político
asegurará que sea poco lo que se
haga respecto de los otros
problemas acuciantes que tiene
ante sí la economía
estadounidense:
las ejecuciones hipotecarias
probablemente sigan con toda su
furia (dejando de lado las
complicaciones legales); es
probable que las pequeñas y
medianas empresas sigan privadas
de fondos, y es posible que los
bancos pequeños y medianos que
tradicionalmente les ofrecen
créditos sigan luchando para
sobrevivir.
En Europa, mientras tanto, es
poco probable que las cosas
vayan mejor. Europa finalmente
logró salir al rescate de Grecia
e Irlanda. En las vísperas de la
crisis, ambos países estaban
regidos por gobiernos de derecha
marcados por un capitalismo de
connivencia o peor, lo que
demostraba una vez más que la
economía de libre mercado no
funcionaba en Europa mejor de lo
que lo hacía en Estados Unidos.
En Grecia, como en Estados
Unidos, la tarea de limpiar el
desorden recayó sobre un nuevo
gobierno. Tal vez como era de
esperar, el Gobierno irlandés
que alentó un préstamo bancario
imprudente y la creación de una
burbuja inmobiliaria no fue más
apto para manejar la economía
después de la crisis que antes.
Dejando la política de lado, las
burbujas inmobiliarias dejan
tras de sí un legado de deuda y
de sobrecapacidad productiva en
el mercado de bienes raíces que
no se puede rectificar
fácilmente, sobre todo cuando
bancos políticamente conectados
rechazan reestructurar las
hipotecas.
En mi opinión, intentar
discernir las perspectivas
económicas para el 2011 no es
una cuestión particularmente
interesante: la respuesta es
sombría, con escaso potencial
alcista y mucho riesgo bajista.
Más importante es: ¿cuánto
tiempo les llevará a Europa y a
Estados Unidos recuperarse y
pueden las economías de Asia
aparentemente dependientes de
las exportaciones seguir
creciendo si sus mercados
históricos languidecen?
Mi mejor apuesta es que estos
países mantendrán un crecimiento
rápido en la medida en que viren
su foco económico hacia sus
mercados internos, vastos e
inexplorados. Esto exigirá una
reestructuración considerable de
sus economías, pero tanto China
como India son dinámicas y
dieron pruebas de resiliencia en
su respuesta a la Gran Recesión.
No soy tan optimista respecto de
Europa y EE.UU. En ambos casos,
el problema subyacente es una
demanda total insuficiente. La
máxima ironía es que existen
simultáneamente una capacidad
productiva excesiva, vastas
necesidades insatisfechas y
políticas que podrían restaurar
el crecimiento si usaran esa
capacidad para satisfacer las
necesidades.
Tanto Estados Unidos como
Europa, por ejemplo, deben
adaptar sus economías para
encarar los desafíos del
calentamiento global. Hay
políticas factibles que
funcionarían en el contexto de
limitaciones presupuestarias de
largo plazo. El problema es la
política: en Estados Unidos, el
Partido Republicano preferiría
ver fracasar al presidente
Barack Obama antes que ser
testigo de un éxito económico.
En Europa, 27 países con
diferentes intereses y
perspectivas tiran en
direcciones diferentes, sin
suficiente solidaridad para
compensar. Los paquetes de
rescate son, desde esta
perspectiva, logros
impresionantes.
Tanto en Europa como en Estados
Unidos, la ideología de libre
mercado que permitió que
crecieran las burbujas de
activos de manera descontrolada
–los mercados siempre saben más,
así que el gobierno no debe
intervenir– ahora les ata las
manos a los responsables de
formular las políticas a la hora
de articular respuestas
efectivas a la crisis. Uno
podría haber pensado que la
crisis en sí misma socavaría la
confianza en esa ideología. Por
el contrario, ha vuelto a salir
a la superficie para arrastrar a
gobiernos y economías por el
sumidero de la austeridad.
Si la política es el problema en
Europa y Estados Unidos, sólo
cambios políticos probablemente
los vuelvan a colocar en el
sendero del crecimiento. De lo
contrario, pueden esperar hasta
que la amenaza de sobrecapacidad
productiva disminuya, los bienes
de capital se vuelvan obsoletos
y las fuerzas restauradoras
internas de la economía pongan a
funcionar su mágica gradual. En
cualquiera de los casos, la
victoria no está a la vuelta de
la esquina.
http://www.lavanguardia.es/20110102/54096537634/que-nos-depara-el-2011.html
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