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Reflexiones en torno al
turismo de masas
Joan
Buades y Ernest Cañada
Adital
Aunque mucha gente percibe
el viaje turístico como
expresión de la libertad
individual, en realidad no pasa
de ser un producto industrial de
diversión de masas. Gracias al
ilusionismo publicitario, el
sector consigue invisibilizar la
devastación ambiental de la
mayoría de territorios afectados
y disimular que las migraciones
turísticas solo pueden ser
disfrutadas por una minoría de
la Humanidad.
Hay que fijarse en el turismo si
queremos cuidar nuestro mundo.
En medio de las inmediateces de
la vida cotidiana, es fácil
dejarse confundir por los
reclamos interesados en hacernos
cómplices de un movimiento
natural y lineal de progreso
orientado al goce individual sin
otros límites que la voluntad de
libertad y de superación
constante de nuevas metas.
La promesa de liberación
individual del turismo es,
precisamente, el exponente
quizás más refinado y perfecto
del poder de seducción de la
maquinaria de publicidad en que
se basa el industrialismo
capitalista. Pocos mensajes
merecen una aprobación social
tan masiva independientemente de
las formas de vida, la posición
social o las creencias
individuales como el de la
bondad de visitar nuevos
destinos o, como mínimo, el
inalienable nuevo derecho humano
a desconectar de la fatiga y el
estrés del día a día lo más
lejos posible de allí donde
vivimos y nos ganamos el pan.
Pareciera como si el turismo
constituyera un auténtico oasis
de paz, libertad y crecimiento
personal al margen de la
vorágine de un mundo afectado
por incertidumbres y urgencias
cada vez más extremas, desde el
agigantamiento del foso
económico entre el Norte y el
Sur hasta el cambio climático.
Si ese carácter idílico es el
que confiere al mundo turístico
su atractivo, vale la pena
reflexionar sobre las sugerentes
palabras de Gillian Tett, una
incisiva periodista del
Financial Times y antigua
estudiante de antropología en
Cambridge: "Para entender cómo
funciona una comunidad, no hay
fijarse solamente en las zonas
que podríamos llamar de ruido
social, sobre las cuales todo el
mundo desea hablar... Hay que
fijarse también en los silencios
sociales”[1]. Porque ese no
lugar del turismo en el
imaginario colectivo resulta
suculentamente provechoso para
quienes se han convertido en sus
exorbitantes y discretos
beneficiarios: las corporaciones
transnacionales expertas en la
creación y gestión financiera de
paraísos vacacionales.
Resulta sorprendentemente
difícil encontrar rastros del
quehacer de la industria
turística en la prensa económica
e incluso en las facultades de
economía. Es más: si uno tiene
la suerte o la desgracia de
emprender estudios de turismo en
las escuelas superiores
especializadas, puede terminar
licenciándose brillantemente sin
haber relacionado nunca las
maravillas de los paraísos
turísticos con cuestiones tan
enjundiosas como la
globalización, la esclavitud
neocolonial de las sociedades
empobrecidas y mayoritarias en
el Planeta, el apocalipsis
climático o el tam-tam de las
nuevas migraciones globales.
Un rápido ascenso hasta ser la
primera industria mundial
En un lenguaje claro y lleno de
sugerencias argumentales, el
libro [de Rodrigo Fernández
Miranda] empieza por rescatar
hitos del pasado industrial que
ayudan a entender las raíces
profundas de "la primera
industria del mundo en los
albores del Siglo XXI”. Entre
estos, llama poderosamente la
atención la función ideológica
de reeducación moral de la clase
obrera británica ejercida por el
pastor protestante Thomas Cook y
que se halla en el origen del
primer operador turístico
europeo. O la estrecha relación
entre geografía del turismo y
las innovaciones en el
transporte y la tecnología. Sin
olvidar la huella neocolonial en
el nacimiento, antes de la
Segunda Guerra Mundial, de
destinos como Cuba o Bali. Esto
nos llevará a apreciar la
coincidencia entre los Treinta
Gloriosos (las tres décadas de
fuerte crecimiento sostenido de
las economías de la Europa
capitalista y Norteamérica entre
finales de los 40 y principios
de los 70 del siglo pasado
protegidas por el orden
económico imperial de Bretton
Woods) y la emergencia del
Mediterráneo y el Caribe como
las dos piscinas privilegiadas
del turismo internacional,
hegemónicas hasta hoy.
Un segundo flash nos lleva a
reconocer la explosión turística
de los años 90. Si en la década
anterior, el turismo
representaba ya la tercera
industria del Planeta, es ahora
cuando adquiere el liderazgo en
la economía global. Ahí está la
conexión entre el aumento hasta
más de 900 millones de viajeros
internacionales anuales a escala
global y la burbuja inmobiliaria
y la especulación financiera
alentada por el desmantelamiento
de toda supervisión democrática
y pública de los mercados
impulsada por la revolución
neoliberal iniciada por Reagan y
Thatcher. De hecho, el producto
de moda de la industria –el
resort turístico en régimen de
todo incluido dotado de oferta
complementaria en segundas
residencias, marinas, centros
comerciales y un largo etcétera–
actuará como reclamo de divisas
fáciles para el sacrificio de
importantes regiones del Sur
Global a las exigencias de carta
blanca en su territorio para las
transnacionales del sector.
Imagen cosmética e irreal
Y luego está el vínculo
parasitario entre turismo y
márquetin, "la industria de la
promoción de la industria”. Como
escribió magistralmente Jean
Baudrillard, es increíble que el
atracón de publicidad orwelliana
sobre paraísos al alcance de la
mano haya permitido que mucha
gente perciba el viaje turístico
como expresión de la libertad
individual cuando no pasa de ser
un producto industrial de
diversión de masas. Gracias al
ilusionismo publicitario, el
sector consigue invisibilizar la
devastación ambiental de la
mayoría de territorios afectados
y disimular que las migraciones
turísticas solo pueden ser
disfrutadas por una minoría de
la Humanidad. Porque esto entra
en llamativa contradicción con
el progresivo y paralelo cierre
de fronteras nórdicas para
impedir la llegada de oleadas
migrantes por necesidad que
huyen de guerras, devastación
climática y hambrunas provocadas
en el Sur por la bulimia
energética, material y
alimentaria del sistema de vida
consumista que ha hecho del
turismo de masas la mejor
tarjeta de visita del
industrialismo capitalista en
los últimos 60 años.
Esta imagen cosmética y
estilizada del turismo real se
halla sometida a creciente
contestación. Como se argumenta
rigurosamente en el libro,
empieza a aumentar la
contestación de muchas
comunidades, especialmente en el
Sur Global, ante la falta de
evidencia de que los beneficios
económicos del turismo sirvan
para su desarrollo humano. Es
más: bienes comunes clave como
la tierra o el agua en Estados
como Marruecos se están
encareciendo para la población
local mientras, en cifras del
Fondo Monetario Internacional,
apenas el 15% de las ganancias
por turismo en el Caribe se
quedan en la región. En lugar de
efecto derrame (trickle down) en
favor de mayor bienestar en el
Sur, el turismo se revela como
"el negocio de la felicidad
personal” donde los países
empobrecidos del Planeta son
usados como patio trasero,
gracias a un nivel de derechos
laborales y sociales muy
precario y sin tener ningún
miramiento con las culturas y
las poblaciones anfitrionas. Una
crucial contradicción entre la
promesa histórica del turismo
como pasaporte al desarrollo y
una sucia realidad donde los
auténticos ganadores de la
industria de los paraísos son
unas corporaciones
transnacionales donde la
responsabilidad de las empresas
españolas es de primerísimo
nivel.
Inviabilidad sin petróleo barato
En definitiva, resulta imposible
una masificación sostenible de
la industria turística en los
marcos del actual modelo
dominante. De este modo, se
apuntan dos tendencias clave
sobre el oscuro futuro de la
industria sin chimeneas. De
entrada, el fin del petróleo
barato y el avance del
apocalipsis climático harán cada
vez más insostenible
económicamente y ambientalmente
el turismo de masas, en avión, a
lugares cada vez más lejanos. En
esta perspectiva hacia una edad
más allá de la era del petróleo
(postfosilista en expresión
felizmente acuñada por Ramón
Fernández Durán), habrá que
plantearse un desaprendizaje del
consumo viajero.
En el mejor de los casos, el
Planeta no puede reconvertir
casi mil millones de turistas
internacionales en turistas
responsables por mucho que sean
admirables muchas de las
iniciativas comunitarias de
turismo en el Sur. Por lo tanto,
no queda más remedio que empezar
a pensar en términos de
decrecimiento global de la
industria turística y
especialmente del transporte en
avión, que constituye, de largo,
el principal agente de deterioro
climático de un sector que es
responsable, como mínimo, del
10% del efecto invernadero
global y que hasta ahora ha sido
exonerado de cualquier objetivo
de protección del clima común en
el Protocolo de Kioto.
Es en este contexto que cobran
más actualidad, si caben, las
reflexiones alternativas
propuestas en el libro sobre
otras formas y modelos
turísticos que permitan el
desarrollo de este sector sobre
otras bases. Se aportan así
algunos criterios y apuntes
sobre experiencias diversas que
nos sitúan ante el reto de
empezar a construir otros mundos
posibles, y por tanto también de
otras formas de entender y
organizar la actividad
turística. Unas transformaciones
urgentes que deberían incorporar
a la agenda de las propuestas de
emancipación y solidaridad
Norte-Sur a un turismo
internacional dominado por
corporaciones transnacionales a
quienes no importamos ni ustedes
ni nosotros, ni las comunidades
ni el Planeta.
Nota:
[1] Shaxson, Nicholas (2011),
Treasure Islands. Tax Havens and
the Men Who Stole the World.
Londres, The Bodley Head, p.
244.
[Este artículo es un extracto
del prólogo de los autores
publicado en la revista El
Ecologista (núm. 70, septiembre
de 2011) al libro de Rodrigo
Fernández Miranda, "Viajar
perdiendo el Sur" (Libros en
Acción, Madrid, 2011) de próxima
aparición.
Publicado en Alba Sud].
Joan Buades y Ernest Cañada
Joan es Investigador de ALBA SUD
y miembro del GIST / Ernest es
Coordinador de Alba Sud -
Investigación y comunicación
para el desarrollo
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Gentileza:: Adital - Joven
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