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Época de crisis: ¿Crisis de
solidaridad?
por
Mugarik Gabe
Estamos en crisis; primera
constatación. Pero esta vez no
es una crisis periódica de las
que continuamente recorren los
llamados países empobrecidos;
esta vez la crisis es
estructural al sistema
dominante, no coyuntural, y
golpea no solo las periferias
sino el centro del mundo
“desarrollado”, los países
enriquecidos.
Las dimensiones de la crisis
económica y financiera han
descolocado a toda la clase
política y día a día asistimos a
declaraciones y medidas que
dejan en absoluta evidencia que
esa clase no sabe qué hacer para
dar con soluciones reales.
Niegan a cada momento la
profundidad de la crisis, cuando
minutos después los datos les
desmienten. ¿Nos engañan o,
realmente no saben lo qué
ocurre? Evidencian también la
total sumisión de la misma a los
poderes económicos. Son éstos
los que marcan el paso y los
que, con leves o fuertes
empujones indicativos, orientan
a la clase política hacia dónde
quieren que se camine. Incluso
llegamos al punto en el que
algunos ricos se reúnen para
decidir si graciosamente se
suben los impuestos, mientras
quienes gobiernan miran para
otro lado ante esta opción
posible: que paguen más quienes
más tienen y mantienen la máxima
contraria: que pague más quien
menos tiene. El mundo al revés,
como la política, la ética y la
solidaridad.
El resto de la población, la
gran mayoría, asistimos con
impotencia a la sucesión de los
acontecimientos: o cruzando los
dedos para que nuestro nivel de
vida no se trastoque, más aún
las mujeres en quienes vuelven a
recaer de forma injusta los
trabajos invisibles y gratuitos
cuando los recortes llegan; o
hundidos ya en el abismo de no
llegar a fin de mes, de no poder
afrontar pagos, hipotecas o,
simplemente la canasta de la
compra.
Nos hablan continuamente de
grandes recetas, de
impostergables medidas de
ajuste, de la necesaria
estabilización monetaria o del
desconcierto de las bolsas y
mercados. No entendemos casi
nada, pero nos suponemos lo
peor. Y, después de ello, llega
lo peor. Nos hablan de recortes
en los gastos sociales, en
educación, sanidad, en la renta
social básica, en jubilaciones y
pensiones o en la solidaridad y
cooperación. Y eso sí lo
entendemos y se constata lo que
hace tiempo presuponíamos;
luego, no somos tan tontos y
tontas como el sistema nos
considera. Nos queda esto; no
hemos perdido la capacidad de
entender lo importante.
Para la mayoría de la clase
política y para toda la clase
económica esos son los gastos
prescindibles. Son el comodín
con el que jugar en su campo de
juegos. Si la época la
consideran medio boyante, pueden
ser condescendientes y aumentar
un poco los gastos sociales
(nunca lo justo); si son tiempos
de crisis, inmediatamente se
recorta en ellos. Porque luego
están los gastos intocables;
¿alguien ha oído hablar en las
importantes cumbres de ministros
de economía o de presidentes y
de los lobbys económicos, de la
necesaria aplicación de recortes
en los presupuestos de los
ejércitos y fuerzas y cuerpos de
seguridad del estado (o de la
autonomía), de la aplicación de
impuestos al sector financiero
(causante de la crisis), de la
disminución de las dietas y
sueldos de quienes dicen
representarnos en las diferentes
instituciones,…?. Pero, cuidado,
no pensemos subversivamente, no
ataquemos a las fuentes
primigenias del orden reinante y
establecido. Esos son temas
tabú.
Y en este marco, la solidaridad,
la cooperación con personas y
pueblos que están en permanente
crisis de vida, gracias al
empobrecimiento al que el
sistema dominante les ha
empujado históricamente, también
se considera un gasto social,
por lo tanto, recortable. La
mayoría de instituciones ya han
entrado en la senda de la
disminución de estos
presupuestos o, directamente, su
eliminación. La verdad, para
hablar sinceramente, hay que
reconocer que su justificación
es fácil por parte de quienes
toman estas decisiones: “si no
hay para nosotros, cómo vamos a
estar dando a otros”. Y,
posiblemente una parte
importante de la población
comparta rápidamente el
argumento: primero mi casa y mi
gente y luego… ya veremos si nos
queda algo.
Pero hay que entender que la
solidaridad, la cooperación
entre personas y pueblos, no es
estrictamente un gasto social;
cuando menos, va más allá. Es un
compromiso ético y político con
la dignidad humana y con los
derechos, con la igualdad y la
justicia para toda la humanidad
y, todo ello, para el
mantenimiento de la paz y la
supervivencia del planeta. Por
lo tanto, no debería usarse la
excusa de la crisis para
recortar la solidaridad, la cual
tiene una dimensión fija y deja
de ser tal cuando acortamos las
posibilidades de que ésta se
plasme en la realidad diaria de
las personas y pueblos. Incluso
esa solidaridad, entendida como
actitud de pensamiento y de
acción global, puede aportar
alternativas al sistema y crisis
actual. Evidentemente,
cualquiera podría aducir que la
sanidad, la educación… también
están sujetas a estos
postulados; tendrá razón y, por
ello debemos abogar igualmente.
En suma, por que no paguemos la
crisis quienes no la hemos
provocado y por que se avance
hacia la transformación de un
sistema que se demuestra
insaciable en su voracidad y que
nos está empujando hacia el
abismo, aquí y allá, a las
mayorías del llamado mundo rico
y del mundo empobrecido.
Fuente: Kaos en la Red
Gentileza:: Pica
[pica@cubarte.cult.cu]
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